Por: María Ximena Mantilla
Cada mañana, cuando el reloj apenas roza las siete, ellas llegan. Una a una. Algunas con paso firme, otras más pausadas, pero todas con la decisión intacta. Se saludan como quien vuelve a casa. Se acomodan alrededor del café con pan y queso y empiezan las conversaciones de siempre, que en realidad nunca son las mismas. Hablan de los hijos y de los nietos, de los viajes pendientes y de los paseos vividos, de médicos y medicinas, de dolores que aparecen sin permiso y de remedios que alguien recomienda con absoluta convicción. Hablan del país, de las noticias, de la vida. Y todavía, después de tantos años, siguen preguntándose qué más pueden hacer para dejarles una patria bonita a los suyos.
Quien las ve hoy, entiende rápido que aquí hay algo especial. Son más de veinte mujeres, todas mayores de setenta años, que desde hace casi tres décadas sostienen una apuesta silenciosa y poderosa por la salud, por el encuentro, por la amistad, por el alma y por el cuerpo.
La historia comienza en 1995. La terraza del club es todavía una novedad y un día ellas “se toman la tarima” para invitar a subir a su entrañable profesor, Anderson. Lo siguen entre bailes, ejercicios y música, primero con timidez, luego con entusiasmo desbordado. Lo que parece una simple rutina física empieza a convertirse en otra cosa: un ritual, un refugio, una forma de acompañarse.
De esos encuentros nacen muchos otros. Llegan las tardes de tejido y pintura, las mesas de cartas, las conversaciones largas que nunca alcanzan a terminarse. Cada sesión concluye igual: otro cafecito, otra historia, otra risa compartida. Sin proponérselo demasiado, empiezan a construir una comunidad donde el ejercicio es apenas una excusa para encontrarse.
Después de un tiempo aparece otro espacio: la cancha de baloncesto, al lado de las canchas de tenis. Y allí se viven verdaderas contiendas deportivas. Cada una saca una versión inesperada de sí misma: competitiva, hábil, intensa. Se disputan partidos que todavía hoy recuerdan con la misma emoción con la que ocurrieron. Hay carreras, estrategias improvisadas, reclamos arbitrales y celebraciones memorables. Aparecen los balones, las colchonetas y las bandas elásticas. También se mantiene la certeza de que moverse juntas las mantiene fuertes, alegres y vivas.
Con la apertura del gimnasio, ellas se “ganan” una franja horaria con todos los honores. Un espacio seguro y acondicionado que termina siendo suyo. Desde entonces, de lunes a viernes a las siete de la mañana, estas “jovencitas” llegan puntuales a seguirle el paso a la vida, cada una a su propio ritmo. Algunas bailan más, otras descansan más, pero todas permanecen. Y esa permanencia termina siendo su verdadera fortaleza.
PASAN LOS AÑOS Y CON ELLOS LLEGA LA PANDEMIA
El mundo se encierra y el miedo parece instalarse en todas partes. Pero a ellas no las doblega. Por el contrario, las fortalece. Asumen el reto de la virtualidad con una valentía que sorprende. Aprenden a conectarse, a verse por pantallas, a saludarse desde la distancia, a seguir moviéndose desde la sala de sus casas.
Y logran algo que muchas veces cuesta más que cualquier ejercicio físico: mantenerse unidas. Entienden que lo importante es cuidar la relación, sostener el afecto, no perderse unas a otras. Lo demás, la incertidumbre, el encierro, el miedo, ya pasará.
Cuando finalmente regresan a la presencialidad, vuelven con más ímpetu que nunca. Hoy son de nuevo casi veinticinco “jovencitas” que mantienen intacto el desparpajo, el orgullo por lo vivido y la gratitud por cada día que la vida les regala. Se ríen fuerte. Se abrazan largo. Celebran cada cumpleaños como una victoria colectiva. Y siguen llegando, puntuales, cada mañana.
Son testimonio y referente de lo que todos quisiéramos llegar a ser cuando seamos “grandes”. Mujeres que eligen, todos los días, no rendirse ante el tiempo. Mujeres que siguen apostándole a la alegría, al encuentro y al cuidado mutuo. Mujeres que le gritan al mundo, sin necesidad de levantar la voz, que aquí están, que aquí se quedan.
Las tres que ya fallecieron:
Bertha de Rodríguez
Carmelina de Acevedo
Stella Palencia