La mirada que refleja el alma: Alzheimer y Demencia

La mirada que refleja el alma: Alzheimer y Demencia

NHORA PATRICIA RUIZ ALFONZO
Médica especialista en Neurología Clínica y Epileptología
@nhorapruiz

Dicen que en la mirada se reconoce la naturaleza del alma, los pesares de una vida, incluso, algunos rasgos como talento, engaño o bondad. Después de 26 años ejerciendo la neurología, me es cada vez más fácil corroborar que la mirada es un síntoma y a la vez un lenguaje sin palabras que contiene diversas interpretaciones. Esa mirada me anuncia que ya el olvido ha empezado a devorar el cerebro.

“Traigo a mamá porque se le están olvidando muchas cosas, lo repite todo”, me dice la hija de una paciente a quien llamaré Olga. Ella, que había escuchado el comentario, me mira y dice con una mezcla de tristeza, intriga y angustia: ¿Tendré demencia, doctora? Entonces, digo la frase que repito a diario en mi consulta: “Esta enfermedad la estoy viendo cada vez con más frecuencia”.

El protocolo me indica que debo continuar preguntando por los otros síntomas que se aceptan hoy como factores de riesgo: hipertensión arterial, diabetes mellitus, tabaquismo, alcoholismo, traumas craneales, adicciones, tóxicos, infecciones, herencia, entre otros. Aplico algunas pruebas de capacidad mental rápidas y evalúo el lenguaje en su complejidad, especialmente su contenido, la fluidez y el tono del mismo. Evalúo la memoria, o mejor dicho, las memorias múltiples, el aprendizaje, la cognición, la abstracción. Rastreo pistas incipientes de confusión y cambios de comportamiento.

Los familiares, entre tanto, ansiosos, esperan escuchar más aciertos que fallos hasta que obtengo el puntaje. Existe un umbral por debajo del cual la sospecha es alta y a  veces  total, 

convirtiéndome entonces en una especie de verdugo que dicta el diagnóstico que nadie quiere escuchar: “Todo parece indicar que Olga tiene un tipo de demencia llamada Alzheimer”. El consultorio se llena de melancolía, de un duelo anticipado y, especialmente, de frustración que, como profesional, no dejo de sentir.

Al iniciar mis estudios de medicina, yo suponía que todo lo iba a curar. ¿Y lo que no tiene cura? El Alzheimer me ha enseñado que aliviar y educar son otras formas de curar, no solo al paciente, por supuesto, sino a su entorno, a los que empiezan a enfrentar un duelo que se prolongará mientras la vida que aún palpita se apague inevitablemente. Ese cerebro es un cirio, que con el paso del tiempo menguará su luz mientras decide fallecer. Antes de apagarse la vida, Olga ya se habrá ido: sus historias, sus recuerdos y, especialmente, su esencia como ser. La demencia borra a cada uno de mis pacientes y me devuelve uno diferente en cada control. La familia, sin embargo, es la misma y no puedo dejar de sentirme empática con su dolor. Con el paso de los meses y los años, al volver sobre cada caso, comprendo que mi objetivo ahora es otro: el cuidador.

El cuidador se vuelve una sombra cuya mirada decae mientras acepta, poco a poco, que ya no son útiles algunas preguntas y se entrega finalmente a la sentencia mientras se siente cansado, irritado, melancólico y ahogado por la culpa. En su mirada se refleja un dolor de adentro, del que ya no se habla.
El cuidador sufre la agonía de quien no espera nada: ni cura ni mejoría. Con el tiempo, deja de luchar contra el diagnóstico y se dedica a defender la prolongación de la vida de su ser querido, aunque su mirada ya no sea la misma que recordaba.

Así es. La demencia transforma la mirada del que la padece. La vuelve sosa, despistada y superficial. Es una mirada que olvidó leer los gestos, los rostros de los suyos, los nombres, el día y también la noche. Es la mirada de un inocente que ineluctablemente deja de ser lo que algún día fue.

Pero no solo la demencia desconecta al paciente con su historia y su entorno. También la sociedad parece estar desconectada de esta realidad que nos interpela a todos: entre el 17% y el 23% de los adultos mayores ya sufren demencia en nuestro país. Hay más longevidad y, por ende, más casos de la enfermedad. Como sociedad, ¿nos estaremos preparando?

Al igual que el cáncer, todos esperamos con ansias una cura definitiva y, lo que sería más importante, el diagnóstico temprano del inicio del daño cerebral que permita a tiempo parar y revertir la enfermedad. Hemos deseado una vacuna, un factor de renovación neuronal, un anticuerpo mejorado contra la odiosa proteína beta-amiloide que impida que esta se acumule en el cerebro. Aún no lo hemos logrado.

De una u otra manera, el Alzheimer y las otras formas de demencia tocarán a nuestra puerta algún día y seguramente nos mirarán de frente, por corto tiempo.