Por: José Fernando Yepes
Hay motores que también mueven vidas y cumplen sueños. Para los amantes de las motos, cada salida es una invitación a soltar el control y entregarse por completo a la carretera, así el destino sea un pueblo cercano o un país entero por recorrer: lo que de verdad importa es esa sensación única de libertad que solo se siente en dos ruedas con el horizonte de frente.
Te invitamos a descubrir cinco historias de quienes han hecho de las rodadas un estilo de vida, sumando kilómetros con total intensidad.
Carlos "Taturo" Monsalve
Desde pequeño entendió que las motocicletas serían parte de su vida, cuando su padre, un apasionado por las dos ruedas, le llevó una moto eléctrica a los cinco años. Con ella llegaron los primeros saltos, las pendientes y también las caídas. Luego, a los diez, recibió una Yamaha 50 y, desde entonces, las motos dejaron de ser un juguete para convertirse en una forma de vivir.
Cada motocicleta que tuvo marcó una etapa de su historia, acompañada de aprendizajes y anécdotas. Pero esa pasión adquiere otra dimensión cuando la comparte con “Los Comanches”, su grupo de amigos que se ha convertido en una hermandad sobre ruedas, con quienes sale a rodar en busca de nuevos caminos.
Taturo, como le dicen familiarmente, piensa que rodar es una manera de conectar con la naturaleza. Se mueve entre dos mundos: la trocha y el touring.
En los terrenos difíciles disfruta recorrer veredas, superar obstáculos y llegar a lugares donde el esfuerzo encuentra su recompensa en un río o una cascada. Las touring, en cambio, le permiten emprender recorridos largos con mayor comodidad y potencia.
Entre sus recuerdos especiales está el viaje a Capurganá, en el Chocó. Fueron 14 horas de recorrido que lo llevaron también por lugares como Sapzurro, La Miel, Playa Aguacate, Isla Fuerte y Necoclí. Sin embargo, los paisajes no fueron lo único que hizo memorable la travesía. La calidez de las personas que encontró en el camino convirtió el viaje en una experiencia marcada por la cultura y la amistad.
Ahora, prepara una aventura mucho más ambiciosa: en 2027 espera recorrer cerca de 25 mil kilómetros durante tres meses, atravesando Ecuador, Perú, Bolivia, Chile y Argentina hasta llegar a Ushuaia, el llamado “fin del mundo”. Con el tiempo, su relación con la velocidad también cambió. Si en su juventud buscaba la adrenalina, hoy encuentra mayor satisfacción en las rutas largas, los pueblos y los paisajes. Ya no se trata únicamente de llegar, sino de detenerse, observar y gozarse cada experiencia.
Javier Cifuentes Quin
Hace doce años, cuando Javier vivía en Bogotá, las motocicletas llegaron a su vida por una necesidad más que por gusto. Su casa estaba en Cota y debía enfrentar a diario el tráfico capitalino, así que decidió tomar un curso de conducción. Poco después, un primo le vendió una moto, sin imaginar que aquella compra sería el comienzo de un nuevo hobby
Pero el verdadero gusto llegó cuando se radicó en Bucaramanga y se unió a un grupo de amigos con quienes se dedicó a recorrer los pueblos de Santander. Las rodadas tenían un objetivo: compartir con amigos, descubrir nuevos lugares y llegar a sitios que probablemente nunca habría conocido de otra manera.
Con el tiempo, quiso compartir esa afición con su esposa, Ana María. La invitó a su primer viaje internacional en moto, un recorrido que comenzó en Dubrovnik, Croacia, y terminó en Bérgamo, al norte de Italia. La experiencia fue suficiente para contagiarla de la misma pasión. Desde entonces, ambos han hecho otros dos viajes, esta vez por Turquía y Marruecos.
En sus palabras, viajar en motocicleta es una puerta hacia nuevas experiencias. Es la posibilidad de conocer personas y culturas, recorrer Colombia y, cuando las circunstancias lo permiten, descubrir carreteras fuera del país.
Sus viajes más frecuentes son a pueblos cercanos. También suele desplazarse a Bogotá para visitar a sus hijas y procura realizar, al menos una vez al año, un recorrido largo fuera de Colombia.
Entre todos esos kilómetros, hay uno que permanece en la memoria de Javier y Ana María: la ruta del Stelvio, durante el viaje entre Croacia e Italia. Aquella carretera, conocida por sus numerosas curvas cerradas, representó un desafío, pero también les ofreció uno de los paisajes más espectaculares que han encontrado sobre dos ruedas. La exigencia terminó siendo parte de la recompensa.
Ahora, su mirada está puesta en una nueva aventura: recorrer los viñedos de Italia y España. Su manera de entender la motocicleta está en conocer lugares y personas, comer bien y disfrutar el camino.
Andrés Jurado Gómez
La enorme pasión que Andrés siente por las motos llegó de un gesto sencillo. Cuando conoció a Verónica Valencia, su esposa, ella tenía una Yamaha BWS que solía prestarle en los días de pico y placa para que le pusiera gasolina. Fue ahí, casi sin buscarlo, donde empezó a disfrutar de esos cortos paseos.
Para este “gomoso”, cada rodada no representa solo el placer de conducir; se trataba de sentir libertad, de disfrutar el camino y vivir cada recorrido de una manera diferente. Cuando recorre cada camino, asegura sentir una conexión especial con la carretera y con la naturaleza; lo describe, sin rodeos, como adrenalina pura.
Esa sensación la comparte principalmente con su esposa y con otros amigos con quienes conformó el grupo “Moteros sin afán”, integrado también por Sergio Cardozo, Jorge Salazar y Edgar Fonseca. Juntos suelen emprender recorridos con predilección por Boyacá y el Eje Cafetero, dos zonas de Colombia cuyos pueblos disfrutan recorrer una y otra vez.
Entre los distintos estilos de motocicleta, su preferida es la trail de aventura, por su versatilidad para rodar tanto en carretera como en caminos de tierra o trochas.
De todas las aventuras vividas sobre dos ruedas, ninguna se le olvida, aunque una en particular quedó grabada con especial
fuerza: la vez que viajaron hasta un pueblo llamado Rincón del Mar, en San Onofre (Sucre).El trayecto fue tan exigente que, después de tanto sufrimiento, estuvo a punto de dejar de montar en moto. Con el tiempo logró superarlo.
Ahora sueña con un viaje más ambicioso: llegar hasta Ushuaia, en Argentina. Reconoce que la idea le genera algo de miedo, pero eso no le ha quitado las ganas de organizar el recorrido.
A la hora de elegir, prefiere las rutas largas y tranquilas antes que la velocidad y la adrenalina pura. Le gusta disfrutar de su moto y de los paisajes a una velocidad moderada, sobre todo en caminos que no impliquen riesgos de accidentes.
Carlos Andrés Gómez
Para Carlos Andrés, esta pasión parece venir de fábrica, ya que a los siete años tuvo su primer acercamiento cuando manejó la motocicleta de uno de sus tíos; desde entonces, se convirtió en una forma de desconectarse de la realidad. Pero ese gusto también encontró un lugar en su familia. Su esposa Ligia y sus hijos tienen sus propias motos y salir juntos se ha convertido en uno de esos planes que disfrutan especialmente, aunque reconocen que les gustaría hacerlo con mayor frecuencia.
En sus primeros años de matrimonio, cuando vivían en Bogotá, Carlos y Ligia hacían parte de un grupo de amigos con quienes salían a rodar constantemente. Aquellas salidas tenían un destino sencillo: buscar algo de comida y disfrutar el recorrido. Una de las experiencias que recuerda con mayor cariño ocurrió cuando ambos decidieron ir desde Bogotá rumbo a Villa de Leyva, aunque con poco equipo para viajar debido a que el presupuesto solo alcanzó para los cascos y un par de guantes. La carretera les tenía preparada una prueba de frío intenso: llovió desde Tocancipá hasta Tunja.
Sus favoritas son las motocicletas maxi trail por su versatilidad, ya que permiten hacer un poco de todo y adaptarse a distintos tipos de recorridos. Confiesa que sus trayectos habituales son principalmente urbanos: de la casa al club, a la oficina, al banco o a cualquier otro lugar donde tenga que hacer una diligencia. Lo dice con cierta ironía: “aunque uno compra una moto pensando en recorrer el mundo, termina utilizándola para los mandados”
Sueña con llegar al Nevado del Cocuy. Alguna vez también imaginó llegar hasta Puerto La Cruz, en Venezuela, y desde allí tomar un ferry hacia la Isla Margarita. Roraima es otro de esos destinos que aparecen en el horizonte.
Sabe que ninguna aventura vale más que la seguridad. Prefiere evitar la velocidad excesiva, las imprudencias y cualquier comportamiento innecesario que pueda ponerlo en riesgo. A veces el destino puede encontrarse a muchos kilómetros o simplemente estar dentro de la ciudad; lo importante es el camino y esa sensación de libertad que, desde los siete años, lo acompaña sobre dos ruedas.
Pedro Gutiérrez Sapuka
Cuando Pedro tenía seis años, en la empresa de su padre trabajaba un mensajero que manejaba una Yamaha FZ50, y desde entonces empezó a sentir la inquietud de conducirla. Más adelante tuvo su propia FZ50, luego una Chappy y luego pasó a las cuatrimotos. Por eso, las motos siempre han estado presentes en su vida de una u otra forma.
Es una pasión que incluye un componente que valora especialmente: la salud mental. Cada vez que sale a la carretera, siente que está haciendo algo por sí mismo. Es su espacio para desconectarse, pensar, respirar y, de alguna manera, sanar. Por eso asegura que rodar significa mucho más que subirse y manejar: es libertad, tranquilidad y profunda conexión.
Entre los distintos estilos, prefiere las motos adventure, especialmente las diseñadas para rodar en carretera.
Sus recorridos favoritos son las rodadas largas, de 500 hasta 2.000 kilómetros. Para él, buena parte de la magia está justamente en salir y dejar que la carretera haga lo suyo.
Le cuesta señalar una sola salida inolvidable, porque considera que todas han sido fascinantes. Cada una tiene su propia historia, su propio momento y algo que la hace especial. Entre sus sueños pendientes está hacer una rodada por Europa y también llegar algún día hasta Argentina, aunque asegura que cada invitación a un viaje que se logre concretar representa para él una oportunidad increíble.
A la hora de elegir, prefiere definitivamente las rutas largas y tranquilas, donde puede disfrutar el camino, conocer lugares, sentir la carretera y tener tiempo para pensar. Eso no significa que no le guste la velocidad: de vez en cuando también disfruta darle más ritmo a la moto y sentir esa adrenalina.
Sabe que lo verdaderamente especial está en hacer kilómetros, perderse un poco en los caminos y llegar cada vez más lejos.