Hace 135 años nació la luz en Bucaramanga

Crónica: Hernán Darío Castillo Quintero | @hernandariocq
Agradecimiento especial: ESSA Comunicaciones, Giovanni F. Gavassa, Edgar Serrano G.



La historia de la Electrificadora de Santander está estrechamente ligada a la transformación económica, industrial y social de la región. Sus orígenes se remontan a finales del siglo XIX, cuando la electricidad apenas comenzaba a cambiar la vida de las principales ciudades del mundo.

Historia de la electricidad en Bucaramanga y origen de ESSA

En la segunda mitad del siglo XIX, el tiempo de nuestra Bucaramanga de antaño no lo marcaban los relojes mecánicos; lo señalaba la marcha del sol sobre la meseta. El día comenzaba mucho antes de que aparecieran sus primeros rayos, cuando el canto del gallo anunciaba las cuatro de la madrugada y las familias se levantaban para iniciar las labores cotidianas. En aquellas primeras horas, un tinto y el desayuno recibían a quienes ya estaban en pie, dispuestos a enfrentar una nueva jornada.

A las nueve de la mañana se servía el almuerzo; a las dos de la tarde, la comida; y hacia las seis, después de una abundante merienda, la vida doméstica comenzaba a recogerse. Al caer la noche, la familia se reunía en el oratorio de la casa, un espacio que muchas veces era la misma sala, donde se rezaba el Santo Rosario. Después venía la bendición patriarcal a los hijos y, con ella, el cierre de la jornada. Las casas quedaban entonces entregadas al silencio y al reposo de la noche.

Afuera, la noche no era un espacio para el tránsito libre; era una comarca dominada por la oscuridad. Apenas algunas visitas entre familiares y allegados interrumpían el silencio de las calles. En los zaguanes, el humo del tabaco rodillero acompañaba las conversaciones, mientras la brasa encendida se consumía lentamente hasta que sonaba el toque de queda, momento en que todos se retiraban a sus casas. Quienes se aventuraban a cruzar las calles después de esa hora lo hacían bajo la tenue iluminación de la luna, acompañados apenas por el cantar de las cigarras. Los de mayores recursos económicos solían llevar su propio farol de mano, cuya débil llama anunciaba a la distancia el paso de los transeúntes sobre el empedrado. La ciudad de entonces conservaba todavía la escala de una pequeña población rural. La Calle Real apenas alcanzaba cuatro cuadras de longitud y estaba flanqueada por casonas de tapia pisada, techos de paja y solares divididos por cercas vivas de piñuela y fique.

El espacio público carecía todavía de un sistema de iluminación estructurado. Sin embargo, con la llegada de algunos extranjeros, entre ellos el alemán Geo von Lengerke, comenzó a instalarse un precario alumbrado municipal que descansaba sobre cuatro modestos faroles de sebo ubicados en las esquinas de la plaza principal. A ellos se sumaban, a lo sumo, seis faroles particulares que algunos vecinos pudientes colocaban en las fachadas de sus moradas.

La primera transformación sustancial en la infraestructura urbana ocurrió con la posesión del alcalde Juan Nepomuceno Bretón, el primero de enero de 1867. Empeñado en modernizar el distrito, Bretón introdujo el alumbrado de petróleo en los ejes comerciales y cívicos más transitados: la Calle del Comercio (hoy calle 35) y la Calle de la Iglesia (hoy calle 37). Para ampliar el alcance de las luminarias, la municipalidad dispuso alambres entre las esquinas, de los cuales se suspendieron los faroles, logrando una distribución de la luz hasta entonces desconocida en la villa. La iniciativa oficial estimuló a los propietarios particulares, quienes paulatinamente aumentaron el número de faroles en los frentes de sus propiedades.

Sin embargo, la irrupción del alumbrado de petróleo en el espacio público no estuvo exenta de tensiones. Poco tiempo después de instalado el sistema, la ciudad amaneció con la totalidad de los faroles y lámparas destruidos, reducidos a fragmentos de vidrio y piezas metálicas esparcidas por el suelo. El acto de sabotaje provocó la indignación de las autoridades, aunque las primeras investigaciones no lograron esclarecer lo ocurrido. El hecho permaneció impune hasta que un conflicto de pareja terminó por revelar el misterio. Una mujer de la ciudad se presentó ante la alcaldía y denunció que el autor del destrozo había sido su propio compañero sentimental. El hombre fue aprehendido y puesto a disposición de las autoridades locales.

La instalación del nuevo alumbrado trajo consigo también nuevas obligaciones para la administración municipal. Para hacer cumplir las disposiciones y mantener el orden durante las horas nocturnas, el municipio contaba con un selecto conjunto de funcionarios encargados de velar por el cumplimiento de las normas. Algunos de ellos eran conocidos popularmente como “los serenos”, personajes cuya presencia comenzaba a hacerse habitual en las calles después del anochecer.

A los serenos se les encomendaban diversas tareas. Eran responsables de encender los faroles al caer la noche y, durante sus rondas, anunciar el paso de las horas. También debían velar por la salubridad de las calles, auxiliar a los vecinos cuando fuera necesario y contribuir al mantenimiento del orden público. Su figura estaba ligada a la vida nocturna de la población: mientras la mayoría de los habitantes se recogía en sus casas, ellos permanecían en las calles, atentos a cualquier novedad.

Para 1886, el Municipio y el Concejo acordaron ampliar el alumbrado de las calles del Comercio y de la Iglesia. El número de faroles fue incrementado y el petróleo quedó consolidado como el principal medio de iluminación de los espacios públicos. Con ello, el sistema de alumbrado adquirió una mayor presencia en la vida urbana y extendió la iluminación mucho más allá de la plaza principal.

Fundadores Compañia Anónima Eléctrica
Año 1889. Fundadores de la Compañía Anónima Eléctrica de Bucaramanga Sentados de Izquierda a derecha: Julio Jones y Rinaldo Göelkel. Atrás los hermanos Jones y los hermanos Göelkel. Fotografía Quintilo Gavassa

LA COMPAÑÍA ANÓNIMA ELÉCTRICA DE BUCARAMANGA

En 1887, los comerciantes Rinaldo, Jorge Antonio y Herman Göelkel, asociados con el ingeniero Julio Jones, constituyeron una compañía con el propósito de dotar a Bucaramanga de fluido eléctrico. Posteriormente, mediante el Acuerdo número 9, del primero de abril de 1889, el Gobierno municipal otorgó a los señores Jones y Göelkel el privilegio exclusivo para la explotación del servicio por un término de veinticinco años, acuerdo que recibió la ratificación del Gobierno departamental.

Pese al respaldo institucional y a la preparación técnica de sus promotores, la noticia fue recibida con profundo escepticismo por buena parte de la sociedad bumanguesa. Acostumbrados al pábilo, al sebo y a las lámparas de petróleo, muchos consideraban difícil imaginar que una fuerza invisible pudiera recorrer los alambres y convertirse en luz. Para aquellos habitantes, acostumbrados a medir la noche por el resplandor de las llamas, la pretensión de iluminar las calles mediante el fluido eléctrico parecía todavía una idea quimérica, casi imposible de realizar en la meseta santandereana.

El proyecto exigía conocimientos que todavía resultaban novedosos en estas tierras. Para adquirirlos, Julio Jones viajó a los Estados Unidos, donde permaneció durante ocho meses estudiando los avances de la ingeniería eléctrica norteamericana. A su regreso, antes de finalizar aquel mismo año, comenzaron los trabajos de infraestructura en la escarpa norte de Bucaramanga, en un paraje de la hacienda de doña Trinidad Parra de Orozco junto a la quebrada Chitota. Aquella pequeña estación, que contaba con un generador de corriente continua y un motor de turbina de 300 caballos de fuerza, fue la primera planta hidroeléctrica de Santander y la segunda en el país después de Bogotá.

Concluido   el   montaje   de   la   maquinaria  y  realizadas   las 

adecuaciones necesarias, la compañía se dispuso a llevar la luz eléctrica a la plaza y a las principales calles de la ciudad. Para ello, comenzaron la instalación de los postes y el tendido de los alambres, mientras en la planta de Chitota continuaban las pruebas. Los ensayos para comprobar la efectividad del servicio se realizaron en altas horas de la noche, sin avisos, invitaciones ni propaganda.

La Compañía Anónima Eléctrica de Bucaramanga, que había invertido un capital considerable y había trabajado con perseverancia, debió enfrentar numerosos obstáculos. Finalmente, los trabajos llegaron a su término y se anunció la próxima inauguración del alumbrado público.

En efecto, el 30 de agosto de 1891, a las siete y media de la noche, cuando los habitantes se encontraban expectantes, ocurrió el acontecimiento esperado. De repente, y en un mismo instante, treinta focos de mil quinientas bujías, distribuidos en las principales calles, arrojaron una espléndida luz que iluminó la ciudad y cuyo resplandor podía percibirse desde puntos muy lejanos.

Una inmensa multitud acudió desde diferentes lugares. Entre los asistentes se encontraban el gobernador del departamento, sus secretarios y numerosas personas notables de la ciudad. Movidos por el entusiasmo del momento, todos se dirigieron hacia la casa de los empresarios, donde ya se encontraba reunido un grupo de señoras. Allí, los presentes se apresuraron a expresar sus felicitaciones a los señores Jones y Göelkel.

En medio del entusiasmo general, cuando la multitud se apiñaba alrededor de los empresarios, el gobernador tomó la palabra y pronunció un discurso alusivo al feliz acontecimiento. A este siguió otro, pronunciado a solicitud de las señoras presentes. La celebración continuó hasta bien avanzada la noche.

entral hidroeléctrica de Chitota
Año 1891. La central hidroeléctrica de Chitota fue la pimera planta de energía en Santander y la segunda del país después de Bogotá. Fotografía Quintilo Gavassa

Aquella primera luz que sorprendió a los habitantes de Bucaramanga terminó convirtiéndose en una presencia cotidiana, tan indispensable que hoy apenas reparamos en ella. Sin embargo, detrás de cada bombillo que se enciende permanece la memoria de aquella noche de agosto en que treinta focos iluminaron la ciudad y anunciaron, sin que sus habitantes pudieran todavía imaginarlo, el comienzo de una nueva época.

135 años después de que la pequeña central hidroeléctrica de Chitota encendiera las primeras luces de Bucaramanga, la historia de la Electrificadora de Santander puede leerse también como parte de la historia del desarrollo de nuestro departamento. La electricidad acompañó el nacimiento de las industrias, el crecimiento de las ciudades, la transformación del campo, la expansión de los servicios públicos y la vida cotidiana de generaciones enteras.

Durante las décadas de 1920 y 1930, el desarrollo eléctrico de Santander avanzó mediante distintas iniciativas privadas. En diferentes municipios comenzaron a funcionar, de manera aislada, pequeñas centrales hidroeléctricas y plantas de generación con motores diésel. Estas instalaciones llegaron a prestar el servicio a 27 de los 73 municipios que tenía Santander en aquella época.

Un nuevo capítulo comenzó en 1941 con la constitución de la Central Hidroeléctrica del Río Lebrija S.A., conocida como Hilebrija. La entidad fue resultado de la asociación entre la Nación, el Departamento y el Municipio de Bucaramanga. A partir de ello, comenzó una etapa de mayor planificación y expansión de la infraestructura energética regional. Hilebrija posteriormente adquirió la antigua Compañía Anónima Eléctrica de Bucaramanga, integrando progresivamente los esfuerzos que habían dado origen al servicio eléctrico en la capital santandereana.

La construcción de la Electrificadora de Santander como organización tuvo un proceso gradual. La ESSA se constituyó como sociedad anónima desde 1974, con participación de accionistas de los sectores público y privado. Un año después, se produjo el gran proceso de integración que dio forma a la empresa regional que conocemos actualmente.

Hoy, la ESSA continúa prestando el servicio público de energía eléctrica, con Santander como su principal área de influencia y presencia en otros territorios del país. Su actividad comprende distintos eslabones de la cadena eléctrica, mientras su naturaleza jurídica se mantiene como empresa de servicios públicos mixta y filial del Grupo EPM.