HOMENAJE AL BÚCARO

Bucaramanga debe su nombre a un árbol de flores vistosas que se tiñe de naranja en cada primavera

Por: José Fernando Yepes Velásquez

Bucaro

La expresión -búcaro- se remonta a una tradición de alfarería del siglo XIV para referirse a una vasija, hecha de arcilla roja, muy apreciada por mantener el frescor del agua. La variante -púcaro- del latín pucûlum (vaso, tazón, copa) se utilizó en la península ibérica durante la dominación árabe. Siglos después, la lengua castellana designó con este nombre a un árbol perteneciente al género erythrina fusca, presente en Suramérica: el búcaro.

Pero, ¿cómo se asoció este árbol al nombre de nuestra ciudad? El análisis de las diligencias de visita y los testimonios de cronistas como Juan de Castellanos, Fernández de Oviedo y Fray Pedro Simón, correspondientes al período de 1560 a 1572, permiten determinar que en la gran planicie que hoy es

Bucaramanga, descrita como “una tierra pedregosa y seca, más caliente que fría, de buenos y saludables aires”, existían muchas mangas (porciones de tierra) llenas de búcaros; entonces, no es de sorprenderse que los primeros pobladores se valieran de esta especie vegetal para bautizar a la naciente villa.

Sin embargo, los bumangueses no le hemos dado la importancia que merece el búcaro; incluso, muchos desconocen que es mencionado en el himno de la Ciudad Bonita:

“Tierra nativa, mágica estrella
luz de diciembre, búcaro en flor
emprendedora cordial y bella
el viento mece nidos de amor…”

Tampoco se refieren a él los hinchas leopardos cuando vitorean -búcaros, búcaros- en la tribuna. Y si hablamos de su preservación, las noticias son poco alentadoras, ya que la tala de esta especie ha sido inclemente, al punto que según la Corporación para la Defensa de la Meseta de Bucaramanga (CDMB), en el área metropolitana subsisten menos de 500 árboles.

En consecuencia, en 2021 el Concejo de la ciudad salió en defensa del búcaro mediante el Acuerdo Municipal 013 firmado en mayo de ese año, donde se determinó adoptarlo como árbol insignia de la ciudad, ordenando, además, que cada 19 de abril se conmemore el día del búcaro, con actos culturales, banda marcial y discurso incluido. A esto se suma la iniciativa de reforestar la ciudad y qué mejor manera que hacerlo con la siembra de centenares de búcaros.

Cabe mencionar que el homenaje se hace por partida doble, pues ese mismo día, pero de 1834, falleció el botánico Juan Eloy Valenzuela Mantilla, quien -desde la real expedición botánica, junto a Mutis- retrató la flora del virreinato de la Nueva Granada.

Por supuesto que el búcaro también tendrá su escultura, justo en el remodelado Parque Centenario, gracias a un concurso público convocado en 2021 para homenajear a la ciudad en los 400 años de su fundación. 

flor de bucaro
El búcaro, cachimbo o cámbulo, como también es conocido en otras partes, posee alrededor de 115 especies en el mundo.

La propuesta ganadora tiene por nombre “Flor de Búcaro”, y es autoría conjunta del arquitecto Lorenzo Castro y del artista Guillermo Quintero. Con una altura de 10 metros, la estructura en concreto armado encarnará la flor escarlata, resaltando su belleza y exuberancia. Pero para nuestro asombro, hoy, transcurridos más de 3 años del anuncio por parte de la alcaldía de Bucaramanga, en el Parque Centenario solo existen las bases que soportarán el monumento. 

No cabe duda de su gran atractivo. Es una especie ornamental por excelencia que embellece nuestros parques y avenidas. Su altura alcanza de 20 a 25 metros, siendo muy útil en el campo por aportar sombra y refresco a los cultivos. También es utilizado como cerca viva o para la reforestación de áreas con alto nivel freático, debido a que sus fuertes raíces ayudan a la estabilización de terrenos que se encuentran en peligro de deslizamiento.

En justicia, hace rato deberían haberle dedicado un poema al búcaro. Hemos visto versos consagrados al encino, al roble y al pino, como también los hay para acacias, higueras, naranjos y almendros. Pero en contraste, el ícono de los bumangueses hasta ahora no ha inspirado a ningún vate, por eso me valgo del “Himno al árbol”, de la poetisa chilena Gabriela Mistral, para dejar aquí un testimonio lírico en su nombre:

Árbol hermano, que clavado
por garfios pardos en el suelo,
la clara frente has elevado
en una intensa sed de cielo.
Árbol que anuncias al viandante
la suavidad de tu presencia
con tu amplia sombra refrescante
y con el nimbo de tu esencia:
haz que revele mi presencia,
en las praderas de la vida,
mi suave y cálida influencia
de criatura bendecida.

Por su parte, el Club Campestre representa una de las reservas naturales más representativas del área metropolitana. En sus predios, además  de  diversidad  de  fauna y flora, coexisten 10

especies de árboles nativos: cedros, caracolíes, móncoros, marañones, guayacanes, ceibas, higuerones, anacos y, por supuesto, búcaros. Resulta especialmente agradable recorrer el campo de golf y encontrarse ante la imponente tonalidad rojo-naranja de sus copas. Sus flores con forma amariposada se agrupan en inflorescencias o manojos, con gran cantidad de botones que se abren progresivamente para luego irse desprendiendo, produciendo una verdadera alfombra azafranada.

No puedo despedir esta crónica sin mencionar a Luis Arango Restrepo, un caballero oriundo de Abejorral, Antioquia, “la tierra de los cien señores”, venido a Bucaramanga a mediados del siglo pasado para ocupar la gerencia regional de la Compañía Colombiana de Tabaco, Coltabaco.

Muy aparte de su trabajo, don Luis le dedicó gran parte de su tiempo al cuidado de árboles y plantas, virtud heredada de sus ancestros paisas quienes le inculcaron el hábito de levantarse muy temprano a inspeccionar cada rincón de su jardín. Pero, sin duda, uno de sus grandes méritos fue la creación del “Paragüitas” (hoy Jardín Botánico Eloy Valenzuela), la finca de Coltabaco en inmediaciones del municipio de Floridablanca, famosa por el esplendor de sus jardines hábilmente dispuestos para deleite de los visitantes.

En 1965, Gustavo Liévano Fonseca -entonces presidente del Club Campestre de Bucaramanga- solicitó a don Luis su amable contribución para arborizar el campo de golf que la institución social construía, para su nueva sede en predios de la finca Cañaverales. Don Luis emprendió la tarea encomendada “ad honorem” con especial dedicación, seleccionando de su santuario plantas y árboles en crecimiento que después trasladaba al Club Campestre para plantarlos en diferentes zonas.

Fue entonces en el Paragüitas, la finca de Coltabaco, donde germinó la historia de los imponentes árboles que hoy acompañan el juego de los golfistas. Muestra de ello es la ceiba bonga, originaria de África occidental, que fue plantada en la isla del hoyo 16 y puede crecer hasta alcanzar 70 metros de altura, ofreciendo un espectáculo lleno de exotismo.