Acueducto Metropolitano de Bucaramanga 110 años de Historia

Por: Hernán Darío Castillo Quintero

@hernandariocq

Bucaramanga es una ciudad que, histórica y patrimonialmente, ha sido esculpida por el curso del agua. El pasado 29 de abril, al cumplirse los 110 años de la fundación del Acueducto Metropolitano, decidí emprender un viaje en el tiempo para desentrañar las memorias que ligan a la “Ciudad Bonita” con su líquido vital, un rastreo que, como investigador cultural, me llevó a iniciar este relato con el registro del primer conquistador que pisó la capital de nuestro departamento.

Corrían los primeros días de diciembre de 1532 cuando la suerte de Ambrosio Alfinger dio un giro inesperado. Aquella expedición, que había partido desde Maracaibo con una hueste de 170 hombres en busca del mítico “El Dorado”, se encontraba ya famélica, diezmada y al borde del desánimo. Sin embargo, en medio de su travesía, se toparon con las corrientes de un río misterioso y deslumbrante, cuyas aguas parecían estar teñidas de oro. Tanto en las profundidades como en las orillas, los conquistadores pudieron palpar la presencia de un abundante material aurífero que cambiaría el rumbo de la región.

Ante el monumental hallazgo, los expedicionarios decidieron detenerse para recuperar fuerzas. Encontraron una meseta de sutil pendiente, aires frescos y aguas cristalinas, y pernoctaron alrededor de una ciénaga. En medio de la hambruna, los ibéricos recurrieron a los moluscos que habitaban en sus aguas para alimentarse. De esta manera, el primer nombre que recibió el territorio de Bucaramanga quedó marcado para siempre por el agua: Alfinger la bautizó como “La Sabana de los Caracoles”. Siglos después, aquel espejo de agua sería conocido como la “Laguna de San Mateo”, el mismo lugar donde hoy se levanta la Plaza de Mercado Central.

Las buenas nuevas de este «Río de Oro» pronto despertaron la codicia minera en las serranías del oriente del Nuevo Reino de Granada, desatando disputas territoriales alrededor de aquella sabana entre los vecinos de las ciudades de Vélez y Pamplona. Hacia 1552, comenzaron a llegar recuas de bestias atestadas de herramientas listas para la extracción de aquel material aurífero. Los antiguos soldados se transformaron en encomenderos, mineros y señores de cuadrilla; hombres que, al asentarse, empezaron a moldear la geografía humana y económica de la región, siempre en torno a las corrientes fluviales.

Muestra de ello fue que la Corona española impuso la conversión de los nativos al cristianismo y, en la década de 1560, el cura doctrinero Gaspar Rodríguez se convirtió en el primer ministro en evangelizar estos parajes. Para su oficio, levantó una humilde ermita de paja y bahareque cerca de un riachuelo que atravesaba aquel lugar que llamaban Bucaramanga y desembocaba en el Río de Oro.

Ambrose Von Alfinger Explorador y conquistador alemán

Los colonizadores, en homenaje al rústico templo, bautizaron la corriente como la «Quebrada de La Iglesia». El nombre de esta quebrada perdura hasta la actualidad, y el punto exacto donde este cauce confluye con el río se encuentra justo a la espalda de las instalaciones del SENA de Girón.

Décadas después, el 22 de diciembre de 1622, el cura doctrinero Miguel de Trujillo y el juez poblador Andrés Páez de Sotomayor, cumpliendo órdenes del oidor Juan de Villabona Zubiaurre, erigieron formalmente la primera iglesia en un bohío pajizo de buenas maderas. Tras una eucaristía donde se congregaron españoles, indígenas y esclavos, se firmó el acta que fundó la llamada Ranchería o Pueblo de Indios de Bucaramanga.

En este naciente caserío, el agua no solo daba vida; al mismo tiempo, definía la propiedad y el orden social. Al revisar las fuentes, es fascinante ver cómo el territorio se distribuyó textualmente según el curso de las quebradas. Por ejemplo,
la cuadrilla de los lavadores de Cachagua ocupaba desde la loma de Chitota hasta la quebrada de Namota, lugar donde iniciaba la cuadrilla del capitán Juan de Velasco, la cual se extendía hasta Zapamanga y poseía tierras de labranza llamadas «Regadero», junto al río Suratá; por su parte, la cuadrilla de Jerira se agrupaba desde la quebrada Bucaramanga hasta la quebrada de La Iglesia, mientras que la de Andrés Páez de Sotomayor quedaba delimitada desde la quebrada Cuyamata hasta la de los Mulatos.

acueducto
Año 1890. Grupo de aguadores en el sitio denominado "Chorreras de Don Juan" epicentro hídrico de la ciudad

Hacia 1778, ante la sobrepoblación de criollos y españoles provenientes de San Juan Girón que invadían el resguardo, el visitador Francisco Antonio Moreno y Escandón ordenó el traslado drástico de los indígenas hacia el pueblo de Guane. Con la extinción del resguardo, la Corona dispuso la venta de estas tierras frescas y fértiles; fue así como el 16 de julio de ese mismo año, don Nicolás de Rojas ejecutó el trazado geométrico a cordel de las primeras 32 cuadras alrededor del templo y la plaza mayor. Bajo el clásico diseño colonial de manzanas cuadradas, Bucaramanga ascendió al estatus de Parroquia.

Sin embargo, este nuevo orden geométrico contrastaba con una realidad: las calles carecían de agua corriente. Para subsanar la escasez, Salvador Benítez y Antonio Navas obtuvieron una licencia el 6 de diciembre de 1790 para instalar fuentes públicas en medio de las calles del Comercio y de la Iglesia (actuales calles 35 y 37). Aunque estas primeras estructuras de 1791 se destinaban a usos ajenos al consumo humano, marcaron el primer intento de canalización urbana en la historia de la villa.

Al rastrear aquellos primeros esfuerzos, descubrí que pronto surgieron dos pilas de piedra bruta, desprovistas de cubiertas o cercas: las «Piñitas» (en la actual calle 44) y los «Escalones» (calle 30 con carrera 11). El agua llegaba a ellas mediante rudimentarios canales de guadua, y un tronco seco servía como improvisado lavadero público de uso gratuito para los antiguos bumangueses.

Hacia 1810, la demanda de agua potable encontró su salvación en un predio del suroriente de la parroquia, propiedad de don Juan García. Bendecido con un abundante manantial de aguas claras, el propietario construyó y cercó con tapias unas pilas de almacenamiento. El lugar, inmortalizado por los bumangueses como «Las Chorreras de Don Juan», se convirtió en el epicentro hídrico de la ciudad durante más de un siglo.

El manantial brotaba en un altozano arborizado de búcaros y guaduas, donde don Juan organizó la distribución mediante once chorros encauzados de forma rigurosa. Tres de ellos, ubicados en la parte alta, estaban reservados exclusivamente para los «tinajeros» que transportaban el agua pura para el consumo de los hogares; los ocho restantes, en la parte baja, se destinaban al lavado y demás quehaceres cotidianos sobre un suelo empedrado.

Con el crecimiento demográfico, el desfile de ciudadanos con barriles a la espalda o vasijas al hombro se extendía desde el amanecer hasta la medianoche. Fue precisamente allí donde nació el pintoresco sistema de transporte popularizado como el de las «3B»: Burro, Barril y Bobo. Los ciudadanos adinerados contrataban los servicios del aguador, quien a lomo de bestias movilizaba los toneles, mientras que las familias humildes acudían a abastecerse de forma gratuita en este manantial histórico.

Año 1960. Trabajos de canalización de quebradas e instalación de redes en los barrios y comunas

Al despuntar el siglo XX, la modernidad exigía un servicio técnico y constante. Entre 1910 y 1915, los hermanos Arenas Mantilla realizaron los primeros esfuerzos de ingeniería para surtir a «Barrio Nuevo» (hoy el barrio Girardot) mediante un tanque que, infortunadamente, tuvo una vida corta. Simultáneamente, la familia Peña Puyana canalizó aguas de los cerros orientales, conduciéndolas junto a los andenes de las calles 34 y 41.

Sin embargo, el impulso definitivo llegó de la mano de la fe y el civismo. El presbítero José de Jesús Trillos, párroco de la Sagrada Familia, se convirtió en el gran visionario de la empresa moderna. Bajo su iniciativa, el 29 de abril de 1916 se constituyó formalmente la Compañía Anónima del Acueducto de Bucaramanga, con un capital inicial decincuenta mil pesos oro divididos en mil  acciones.

Aquella acta fundacional contó con la firma de destacados ciudadanos como Martín Carvajal, Francisco Pradilla, Néstor Peralta, Adonías Vesga, Eleuterio A. González, Antonio Castro Wilches, Ezequiel Alarcón, José Jesús García, Carlos Julio Ardila y Luis Enrique Gómez Pinzón. Fue el padre Trillos quien lideró el ambicioso proyecto de encauzar las aguas de los altos páramos, consolidando así las bases de lo que hoy, 110 años después, sigue siendo el sustento vital y el orgullo de nuestra apreciada “Ciudad Bonita”.

La historia de la ciudad no se escribió solo con letras, se trazó con agua. El Acueducto Metropolitano de Bucaramanga es el heredero de la Sabana de los Caracoles, de las Chorreras de Don Juan y del esfuerzo cívico del padre Trillos. Hoy celebramos más de un siglo de proteger y distribuir el patrimonio vivo más valioso de nuestra región.

El sacerdote José de Jesús Trillos lideró la creación del Acueducto de Bucaramanga