Por: José Fernando Yepes Velásquez
La medicina tiene misterios tan extraños como fascinantes. Desde épocas pretéritas, el miedo a lo desconocido y la incapacidad para explicar acontecimientos biológicos han obligado al ser humano a recurrir a perspectivas místicas, donde la magia y la religión ocupan un lugar preponderante a través de chamanes, oráculos o sacerdotes.
Sus acciones dieron paso a mitos e historias, que ciertas o no, han inspirado múltiples relatos, de los cuales hemos seleccionado algunos para esta crónica.
La sabiduría de las Sibilas
Desde la antigüedad, en la cultura griega y romana se designaban como Sibilas (sibylla) a aquellas mujeres que tenían el don espiritual de anticipar hechos futuros. Durante siglos, los médicos pidieron ayuda a las Sibilas para poder realizar sus juicios clínicos. La primera Sibila -y la mandamás de todas ellas- se llamaba Pitia, y encarnaba la mediación de la fuerza femenina entre la energía divina y la incertidumbre de la condición humana.
Pitia vestía con un manto sencillo, estaba sentaba en un pequeño altar desde donde saludaba con su mirada a los que acudían al templo de Apolo, en Delfos, “el ombligo del mundo para los griegos”. A espaldas de Pitia hacía guardia una serpiente, y a uno de sus lados se erigía la estatua de Apolo, el dios de la salud y la eterna belleza.
Pero Pitia tenía un defecto: sus profecías eran tan ambiguas como enigmáticas. Ocurrió que, en cierta ocasión, Creso, el rey de Lidia, se acercó al oráculo de Delfos para pedir consejo antes de iniciar una guerra contra Ciro, el rey de Persia. Pitia le dio una respuesta: “Destruirás un gran imperio”. Creso interpretó que se trataba del imperio persa, pero la Sibila se refería al suyo. Después de la batalla, Creso fue vencido y hecho prisionero por Ciro.
La serpiente, símbolo de la salud
Para los griegos, el symbolum expresaba la idea de unir el cielo con la tierra a través de objetos cuyas partes se podían conservar por varios portadores, entre ellos los dioses. Pero ¿dónde aparece la bendita serpiente? Pues ocurre que, desde tiempos inmemoriales, el hombre ha sentido fascinación por este reptil, que tiene la propiedad de renovar su existencia en cada primavera al cambiar completamente de piel.
En la civilización sumeria se cuenta la leyenda de Gilgamesh, rey de Uruk, quien en una de sus aventuras se sumergió hasta el fondo del mar buscando la planta de la eterna juventud. A su regreso, y en un descuido, una serpiente engulló la planta. Por eso rejuvenece, muda su piel y cura las enfermedades. A partir de ese momento, los sumerios relacionaron la serpiente con la salud, la fertilidad y la eterna juventud.
La medicina adoptó también este simbolismo, pero combinándolo con el bastón del dios Esculapio (Asclepius). Esculapio era hijo del dios Apolo y la mortal Coronis, y tras
la muerte de su madre, fue entregado al centauro Quirón, quien lo educó en lo relativo a las artes curativas, especialmente las plantas medicinales.
Se dice que cuando Esculapio visitaba la casa de Glauco, quien
agonizaba tras una penosa enfermedad, una serpiente apareció en el lugar llevando en la boca algunas hierbas. El médico revivió al enfermo ofreciéndole las hierbas que portaba el animal. Así, poco a poco empezó a adquirir la fama de devolver la vida a los muertos. Pero resulta que un chismoso se fue a contarle todo a Zeus -el papá de todos los dioses- quien, temiendo que Esculapio quebrara el orden natural de las cosas, lo fulminó con un rayo.
Hipócrates, el padre de la medicina, perteneció a una corriente
de la medicina basada en la doctrina de Esculapio, por eso el
juramento hipocrático menciona los dioses principales a los que se encomienda un médico: Apolo, Esculapio, Higia (símbolo de la limpieza) y Panacea (curadora de las enfermedades).
Dieta afilada
En 1799, un barco estadounidense arribó al puerto francés de Le Havre. Uno de los tripulantes era el joven marinero John Cummings, quien desembarcó para divertirse junto a sus compañeros en los bares. Allí, presenciaron la actuación de un mago que entretenía a la audiencia con el truco de tragar cuchillos. Esa noche, Cummings, con varias copas de licor, se jactó de que podía tragar cuchillos igual que el mago francés, entonces, animado por sus amigos, metió una navaja en la boca y se la tragó. Antes de que lograran detenerlo, alcanzó a consumir tres más. Fue una hazaña impresionante, pero también una idiotez. Aunque el marinero no intentó tragar más cuchillos en ese viaje, se dice que continuó repitiendo su actuación en otras reuniones.
No pasó mucho tiempo hasta que comenzó a sufrir los efectos negativos de su dieta afilada, entre ellos, un terrible dolor abdominal que le dificultaba comer, y comenzó a morir de hambre. Finalmente, falleció en 1809 a los 33 años, después de una penosa agonía. Los médicos, que no habían creído sus historias, quedaron desconcertados tras descubrir los restos corroídos de más de 30 cuchillos dentro de su estómago e intestinos. ¿De allí partirá el dicho de tener “mucho filo”?
Dragones humanos
El mal aliento, conocido como halitosis, es una condición incómoda asociada a deficiencias o alteraciones en el sistema digestivo. Aunque vergonzosa, rara vez es peligrosa.
En 1886, un hombre de Glasgow que sufría de halitosis vivió un episodio inquietante: se despertó en medio de la noche y encendió un fósforo para ver la hora. Al soplarlo, su aliento causó una llamarada. Su esposa se despertó de inmediato y lo
vio escupir fuego como un dragón. El médico tratante no había escuchado algo similar y tampoco sabía qué podría haber causado este fenómeno inusual. Años después, el médico escocés James McNaught atendió a un paciente afectado por “eructos combustibles”, al punto de tener que dejar de fumar por miedo a incendiarse. Al introducir un tubo en el estómago, el doctor descubrió que una obstrucción intestinal provocaba una fermentación que producía gas metano.
Una publicación médica de la década de 1930 recoge un caso similar: durante una partida de cartas uno de los jugadores, intentó encender un cigarrillo justo cuando necesitaba eructar. Lo hizo discretamente por la nariz y, para sorpresa de todos, dos llamas brotaron de sus fosas nasales.
Mal de amores
El 14 de noviembre de 1819, después de una meritoria gesta en la batalla del Puente de Boyacá, arribó a la ciudad de Pamplona el joven general venezolano José Antonio Anzoátegui, veterano con más de 30 acciones de guerra, siendo después de Bolívar y Santander el patriota de más alto rango. Para agasajar al ilustre visitante, las autoridades habían organizado un gran banquete en su honor, pero para su mala fortuna, el mismo día de su llegada cayó en una enfermedad tan severa que le ocasiono la muerte al día siguiente.
Ateniéndonos a los hechos, Anzoátegui se enfermó el 14 de noviembre, falleció el 15 y lo enterraron el 16. Queda preguntarnos entonces: ¿de qué murió y cuáles fueron las circunstancias que rodearon el suceso?
El parte médico oficial consigna la expresión “fiebre letal” como causa del fallecimiento, aunque muchos difieren de tal conclusión adjudicándole el trágico suceso al “mal de amores”. Así lo registró el escritor samario del siglo XIX Luis Capella Toledo, cuando afirma que el prócer se encontró en Pamplona con una linda muchacha que había conocido en Duitama -de quien había quedado prendado de amor- y enfermó súbitamente al enterarse que se había casado. Cierto o no, este puede ser un dramático ejemplo de cómo un dolor emocional puede provocarnos padecimientos mortales.
El llamado “mal de amores” es ciertamente una enfermedad diagnosticada y ocurre cuando una persona sufre la muerte de un ser querido, una ruptura amorosa o un amor no correspondido y no puede soportar esa realidad. La persona afectada comienza a sufrir un dolor emocional, que a veces se transforma en dolor físico, y su relación con su entorno comienza a cambiar. Tal como explica el doctor Josh Axe: “el amor no tiene que ver con el corazón, sino con el cerebro y la fluctuación de las hormonas”. Un estudio de 2018 indica que la enfermedad del amor altera los niveles de dopamina, serotonina, noradrenalina, testosterona y cortisol.
Resulta sencillo identificar los síntomas porque aparecen cuando hemos sufrido un revés sentimental. Entre ellos, se encuentran la falta de motivación, fatiga, ansiedad, tristeza o depresión, problemas para dormir, cambios de humor, pérdida de apetito, irritabilidad, aumento de la tensión, desórdenes que, si no se tratan, pueden acarrear problemas más graves como la falta de interés por la vida, alcoholismo e incluso el suicidio.
Adiós, mundo cruel.
Debes acudir al chamán
La palabra “chamán” proviene de la lengua evenki de Siberia (Rusia) y significa “el que sabe”. Este personaje está asociado a las diferentes culturas como una especie de sacerdote supremo intermediario entre dioses y mortales. Ya sea llamado: payé, piache, mamo, mohán, jeque, jaibana o taita, este sabiondo tiene el poder de buscar las respuestas a todo en el mundo sobrenatural, comunicarse con los espíritus y tratar las enfermedades malignas. Una característica del chamanismo en nuestra región es el empleo de hierbas alucinógenas para inducir estados de trance para poner a volar el alma, entre ellas, la ayahuasca o yagé, el floripondio y el borrachero. También es común el humo del tabaco en rituales de purificación y sanación.
Claro está, que en la era del rebusque el chamanismo se ha vuelto un emprendimiento lucrativo. En Leticia es común ver grupos de turistas gringos o europeos en vacaciones exóticas que prometen explorar la selva amazónica, incluyendo la visita al chamán y el ritual de ayahuasca -la planta sagrada-. El ritual es, en realidad, una variación de las tradiciones indígenas originales, sin embargo, la experiencia alucinógena de cantos y gritos puede derivar en consecuencias trágicas para el turista como vómito, diarrea y un dolor de cabeza el hijuemadre. Muchos obtendrán las respuestas que buscaban y volverán a casa dispuestos a contar su aventura mágica en el tercer mundo.
Los chamanes, aunque han caído poco a poco en el olvido, siempre han existido. Hubo un tiempo en que eran fundamentales para los pueblos indígenas. En su obra, “Historia de la hechicería”, el investigador Luis Bonilla señala que los hechiceros eran imprescindibles por haberse dedicado más tiempo que el resto de la tribu a observar la naturaleza y los fenómenos luminosos. Por eso acudían a ellos buscando un hechizo protector contra los males o un consejo sabio para comprender los aspectos de su propia vida.