Madre, columnista y autora de “Los días de la flor blanca”, la santandereana Andrea Herrera Suárez se define como una mujer sensible, comprometida e intensa –en el mejor sentido de la palabra. Detrás de su primera novela hay años de formación literaria y una convicción: escribir para que quien la lea se sienta menos solo.
La escritura llegó a Andrea de manera gradual: primero fueron los diarios de su infancia; después, los artículos periodísticos en revistas universitarias, y luego unas memorias sobre un proyecto de voluntariado que presentó como trabajo de grado. Hace cuatro años, al iniciar la Maestría en Creación Literaria, comenzó con los ejercicios que desembocarían en su novela debut: “Los días de la flor blanca”, una de las obras más vendidas durante Ulibro 2026.
“Si tuviera que definir quién soy en esencia, diría que soy una mujer intensa y profundamente comprometida. A veces la palabra «intensidad» asusta, pero he aprendido que no es mala cuando se enfoca en un proyecto que alimenta el espíritu; al contrario, es el motor que me mueve a crear”, afirma. A esa intensidad le suma una sensibilidad que, describe, no entiende como una debilidad, sino como su mayor fortaleza; el canal que le permite conmoverse con el mundo y conectar con los demás.
Además, para Andrea, la maternidad es algo que la define por completo. Cree en la familia como refugio, en la riqueza de lo diverso y en los vínculos humanos como verdaderos tesoros. Fuera de los libros, también disfruta salir a comer con sus hijas, viajar, ir al cine y bailar.
“Yo prefiero el calor antes que el frío, y esto aplica para todo en mi vida: el clima, las relaciones y el lenguaje”, menciona. También reconoce sus temores: las adicciones y, sobre todo, la muerte, aunque no por un miedo abstracto al vacío, sino “por el deseo profundo de querer ver crecer a mis hijas y acompañarlas en cada etapa de sus vidas”.
Matices santandereanos en su pluma
Cuando le preguntamos cómo Santander ha atravesado su percepción del mundo, Andrea afirmó que “Santander es transparencia pura al decir las cosas, es hablar sin filtro”. Para ella, ser santandereana es llevar por dentro la majestuosidad del Cañón del Chicamocha, los cafetales de suelo ácido, la arepa de maíz pelao caliente, el arte de las hilanderas de Curití, el cacao de Rionegro, la arquitectura colonial de Barichara, los aguacates de San Vicente de Chucurí, el río Magdalena en Barrancabermeja y las guabinas.
Es “una historia de lucha constante”, agrega, en la que “toma tiempo entender que las barreras son netamente mentales” ante una construcción colectiva de región y cariño por esta tierra.
Esa identidad se hace lugar en su obra. “Al final, lo que busco en mi literatura es encontrar lo universal dentro de nuestro pedacito de mundo; por eso, en “Los días de la flor blanca” quise hacer un guiño a la tierra que me vio crecer, a mis raíces y a sus paisajes”, explica. Escribir desde la región es, para la autora, continuar el legado de escritoras que abrieron camino, como Blanca Isaza de Jaramillo Meza y Elisa Mújica, a quienes el centralismo no les dio el justo reconocimiento internacional. De ahí su convicción: “No somos la periferia; somos otra forma de narrar el país”.
Una pasión que se construye leyendo
“Los días de la flor blanca” nació como propuesta de trabajo de fin de maestría y evolucionó hacia un proyecto más complejo con el acompañamiento de la Editorial Sin Fronteras. Su proceso creativo, explica Andrea, mezcla vivencias propias con invención: “es meter todo en una licuadora y el resultado es una novela que adquiere su propia vida”. En ella, conviven su sensibilidad, sus nostalgias y “esa búsqueda constante de conectar con el otro a través de las emociones más humanas”, plantea.
Para explicar su oficio recurre a Virginia Woolf, para quien escribir era la única forma de que la vida no se escape. Sobre su lugar como mujer en el mundo literario, afirma que –personalmente– no ha sentido ese peso: “Siento que en la literatura cabemos todos”. En sus palabras, su camino ha sido marcado por confiar en su propia voz y dejar que la obra hable por sí misma, una máxima inspirada en la escritora mexicana Rosario Castellanos y una de sus frases más recordadas: «No se trata de copiar a los hombres, sino de encontrar una voz propia».
Andrea Herrera Suárez escribe para dos tiempos a la vez: para luchar contra la fugacidad del tiempo y para las mujeres que encuentren en sus historias un bálsamo para el alma. Sus hijas son su mayor motor y le gustaría ser recordada como una gran promotora de lectura y amante de los relatos. Si alguien lee sus letras dentro de veinte años, su deseo es simple: “solo quiero que se sienta menos solo”.
Si quiere conocer más acerca de su trabajo, visite su perfil de Instagram @andreaherreraescritora
“Santander es tierra de gente pujante y esto aplica también en la literatura. Nuestro paisaje es inspirador y aguerrido, como el temple de nuestro temperamento. La región lo tiene todo para abrirse cabida en el mercado nacional: tenemos cronistas, ilustradores, novelistas y poetas de un nivel increíble”.