Por: Adelaida González – Fotos: Royal Portfolio
Para quienes vivimos para descubrir el mundo, conocer África es un sueño hecho realidad; al fin y al cabo, la historia de la humanidad empieza ahí. Un paseo por la sabana africana le recuerda al ser humano lo pequeño que es ante la inmensidad de esos paisajes. Viajé por primera vez a Suráfrica en 2005, cuando el Apartheid había terminado hacía menos de diez años y, gracias a la llegada de Nelson Mandela al poder y al proceso de reconciliación y democratización, el país comenzaba a ser un destino muy atractivo. Desde entonces, el turismo se convirtió en motor económico y puente cultural.
Veintiún años después, tuve la posibilidad de volver y confirmar que Suráfrica es el destino ideal para quien quiere viajar a África por primera vez. Gracias a su geografía variada y a las experiencias que de ella emanan, es el lugar perfecto no solo para parejas maduras o en luna de miel, sino también para familias. Esta exploración la hice en mayo a través de Royal Portfolio, la colección de la familia surafricana Biden, una de las más prestigiosas del mundo. Liz y su esposo Phil transformaron en 1999 sus casas de veraneo en hoteles y lodges de lujo.
The Silo, en Ciudad del Cabo, está sobre el histórico Victoria & Alfred Waterfront. Ocupa un antiguo silo de granos de 1920 y se ha convertido en un símbolo de la arquitectura contemporánea.
Para quienes gustan de la vida cosmopolita, Ciudad del Cabo es imperdible: un horizonte montañoso con la famosa “Table Mountain”, un animado puerto y paisajes oceánicos que culminan en el Cabo de Buena Esperanza. Sin olvidar los pingüinos que se pueden observar tomando el sol en la playa.
Luego, a tan solo una hora de ahí, se puede admirar una de las regiones vitivinícolas más bellas del mundo: las famosas “winelands”, donde Stellenbosch y Franschoek son dos paradas obligatorias. La zona cuenta con paisajes montañosos, viñedos históricos, gastronomía de alto nivel y una tradición vinícola de más de 350 años, donde la cepa Chenin blanc es la variedad más conocida. La Residence, en Franschoek, es el lugar perfecto para admirar estos paisajes degustando los vinos exclusivos de los viñedos de la familia Biden, cuya producción solo pueden probar los huéspedes de The Royal Portfolio.
Llegar a La Residence es como llegar a una casa de familia. La decoración acogedora y la atención hacen de este hotel un paraíso para el descanso. Curiosamente, Elton John se sintió tan bien allí que decidió plantar jacarandas en el jardín detrás de su suite para contemplarlas cada vez que viene. Para quienes vienen en familia con adolescentes y niños, la región es perfecta, ya que las granjas de los alrededores abren sus puertas y ofrecen varias rutas en bicicleta para recorrer el lugar.
Sin embargo, cuando se habla de África, la principal expectativa es otra. Después de casi una semana de recorrido, la impaciencia nos gana y queremos llegar al punto culminante del viaje: el safari. Suráfrica cuenta con la mayor reserva de fauna de África Austral: el Parque Nacional Kruger. Entrar al Kruger es explorar otro mundo donde la naturaleza es la gran protagonista y la contemplación la principal actividad. Los famosos “Big Five” (elefantes, leones, búfalos, rinocerontes y leopardos) pueden ser vistos aquí.
Quedarse en un lodge de lujo es la garantía de observar todo tipo de animales en su ecosistema natural. Los guías tienen como vocación mostrar todo lo que la reserva ofrece. Los safaris se llevan a cabo muy temprano en la mañana y al atardecer, cuando los animales están más activos. El resto del día está hecho para disfrutar del lodge y de sus comodidades.
En el Royal Malewane, se puede disfrutar de la piscina privada y de una que otra visita de monos, o incluso de elefantes, mientras se lee en la terraza. En estos lodges se cuenta con un personal excelente. Pero más allá de la excelencia, lo más impactante fue su sonrisa y su amabilidad, cien por ciento genuinas.
Además del avistamiento de animales, la estancia en una reserva africana es también una experiencia espiritual. El silencio, la inmensidad de los paisajes y el cielo estrellado generan emociones únicas, difíciles de olvidar. Por eso, cuando me fui de África en 2005, siempre supe que iba a regresar.