SILVIA ARTOLA: Del exilio hasta la construcción de un legado

Por: José Fernando Yepes Velásquez

Silvia Artola, empresaria y líder empresarial en Santander

Inquieta y confundida, una niña observa cómo los oficiales del Aeropuerto de Rancho Boyeros, hoy Aeropuerto Internacional José Martí, de La Habana, Cuba, le arrebatan su muñeca en el puesto de control de equipajes. Su amiga incondicional, que la acompaña en su primer exilio, se encuentra en las frías manos de aquellos hombres que la destrozan para revisar su interior. Papá y mamá solo esperan. A ellos también los inspeccionaron, intentando encontrar joyas, dinero o algo que pretendan sacar del país y que pueda incriminarlos contra el régimen. Es el año 1960 y aquella familia, así como otros miles de cubanos, huye de la isla para dirigirse a Estados Unidos tras la victoria de la revolución implacable del comandante Fidel Castro.

Hoy, a sus 74 años, Silvia Artola de Ariza rememora aquellos sucesos como testimonio del dolor y la resignación que sintieron sus padres, Jorge Artola González y Silvia Roig Bellver, por abandonar su casa y todo su patrimonio. “Dejamos atrás nuestra querida Habana, en una decisión valerosa de mi padre; aunque la patria se lleva en el alma, eso no se borra nunca”, dice, mientras empieza a narrar la historia de cómo esa infancia interrumpida terminó forjando el carácter de una mujer admirable.

EN BÚSQUEDA DE OPORTUNIDADES

Finalizando la década de 1950, Cuba era un país próspero que ostentaba la tercera economía de América después de Estados Unidos y México, pionero del ferrocarril y de la televisión a color, a la vanguardia en la cultura y la moda. En contraste, a su llegada a Miami, Jorge Artola solo contaba con diez dólares y muchas pérdidas en el alma, aunque sabía que las oportunidades llegarían; después de todo, poseía una riqueza invisible que ningún guardia pudo arrebatarle: la visión de los negocios y la capacidad de resiliencia que lo acompañaron toda su vida.

Los Artola consiguieron empleo en el hotel Sands de Miami Beach: el padre como valet en el estacionamiento, mientras que la madre atendía la tienda de souvenirs. Gracias al perfecto  dominio  del  inglés,  aprendido  en  sus  estudios  en

Nueva York, muy pronto Jorge Artola pasó de estacionar automóviles a pasear a los turistas por los atractivos de Miami y el sur de la Florida.

No obstante, sus vidas tomaron un curso distinto cuando su padre se ganó el respeto de una familia de empresarios antioqueños propietarios de una plantación de palma africana cerca de Barrancabermeja. Ellos le propusieron administrarla debido a que él había sido propietario de tierras de agricultura en Cuba y tenía experiencia en el sector. Él vio en ello una magnífica oportunidad de asentarse en un país latino y lograr progreso para todos”.

Hace siete décadas, Silvia Artola,
junto a su familia, debió salir de Cuba
huyendo de la cruel represión del
régimen castrista. Hoy guarda en el
corazón una historia de tenacidad y
esperanza en una tierra que les brindó
la oportunidad de reconstruir sus vidas.

De esta manera, en 1964 la familia Artola llegó al municipio petrolero. “Fue un cambio bastante drástico”, reconoce Silvia, “debimos acostumbrarnos al clima y a la cultura de una tierra totalmente desconocida”.

Unos años después, Jorge Artola inició su propio negocio como contratista, dedicado al movimiento de tierras y la ejecución de obras civiles. La empresa, llamada Paconar, alcanzó un notable reconocimiento en la industria petrolera colombiana antes de su liquidación tras el fallecimiento del fundador.

Como muchos empresarios, Jorge Artola debió afrontar situaciones difíciles, por lo general motivadas por la violencia. Pese a ello, jamás perdió el respeto de los bancos ni el cariño de quienes lo conocieron. “Mi padre tenía el irrevocable deseo de servir, ayudar a las personas y responder por sus obligaciones”. Silvia recuerda que durante su sepelio, en la Iglesia de San Pedro, no cabía la gente.

CONSTRUYENDO SU PROPIA HISTORIA

Tras culminar su bachillerato en el colegio Marymount de Medellín, Silvia Artola conoció a quien sería el amor de su vida: Arístides Ariza, un empresario ganadero con quien se casó a los 18 años con la ilusión de construir un hogar. Allí inició una vida itinerante que los llevó a vivir en Santa Marta, Valledupar y Barranquilla, a donde se graduó como psicóloga en la Universidad del Norte mientras criaba a sus hijos: Juan David, Silvia Lucía, Bibiana y Carlos Andrés.

El conocimiento de la psicología le aportó nuevas posibilidades, sobre todo en el ambiente empresarial; por eso decidió cursar una especialización en psicología organizacional y recursos humanos en la Universidad de los Andes.

En 1983, la familia Ariza Artola decide radicarse en Bucaramanga. “La ocurrencia fue de mi esposo Arístides para que mis padres pudieran estar cerca de sus nietos, que tanto adoraban”.
En 1983 inició un proyecto de asesorías en psicología organizacional, una actividad que combinó con su trabajo en la empresa familiar lo cual se vio truncado por el fallecimiento de su hija Silvia Lucía y provocó un receso en sus ocupaciones.

En 1989 constituyó la agencia de seguros Ariza Artola Asesores de Seguros. Finalmente, en 1992 ingresó al negocio de los automóviles cuando decidió aceptar la invitación para constituir el primer concesionario de la marca Hyundai en Santander.

“Yo no distingo un Mazda de un Renault”, fue la sincera advertencia que le hizo Silvia en su momento a los directivos de Hyundai Colombia. Sin embargo, el liderazgo que afloraba en ella, nutrido por la experiencia y su sensibilidad humana, le generó la confianza de la organización. De esta manera, asumió aquel rol como directora comercial de Koreautos. Dicho concesionario fue liquidado en 1996, dando paso a una nueva empresa que lideró desde entonces Silvia como gerente general.

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“Me motiva el deseo de comunicarles a
las nuevas generaciones que el éxito en
cualquier proyecto no es algo casual, sino
el resultado de un esfuerzo sostenido de
muchas personasque se comprometen de
corazón con el plan inicial”

NACE CENTRAL MOTOR

En octubre de 1996, Silvia constituye la empresa Central Motor, con la idea de reunir en una misma vitrina algunas marcas de vehículos de prestigio mundial: inicialmente fueron Hyundai y Cinascar y luego fueron llegando Kia, Ford, Suzuki y Citroën. Precisamente, en 2026 se cumplen 30 años desde que este concesionario orgullosamente santandereano abrió sus puertas. Su imponente sede sobre la carrera 27 y calle 56 abarca 9 mil metros cuadrados, generando 204 empleos directos y más de 130 indirectos.

Pero más allá de ello, esta empresaria cubana, pero santandereana de corazón, siempre ha mantenido un propósito: brindar mayores oportunidades de crecimiento y progreso a las familias de sus colaboradores. Por eso, en alianza con Financiera Comultrasan y Cajasan, capacitó en oficios productivos a las esposas e hijas de los operarios con menores recursos, promoviendo su autonomía a través de ferias comerciales internas. Esta iniciativa escaló a otras empresas cuando la Cámara de Comercio de Bucaramanga adoptó formalmente la idea para capacitar a más mujeres y convertirlas en microempresarias de éxito.

Otro hito importante fue la creación de ‘Centralitos’, la primera guardería empresarial gratuita de Santander, autorizada por el Ministerio de Educación, donde los hijos de sus colaboradores, entre los seis meses y los seis años de edad, recibían alimentación y cuidado calificado.Esta iniciativa tuvo el reconocimiento de Ford Motor Company en el tema de responsabilidad social empresarial.

Si bien el proyecto tuvo que cerrar debido a la pandemia de 2020, se logró una rotación de personal muy baja.

ESCRIBIR PARA NO OLVIDAR

En 2025, Silvia decidió que era el momento de descansar y disfrutar del amor de sus nietos; por eso delegó la gerencia general a Soreth Pinto Mantilla, quien ha trabajado en la organización por más de 35 años, desarrollando una carrera meritoria.

Su retiro le ha permitido reafirmar sus convicciones y contemplar la vida de una manera diferente. La motiva el deseo de comunicarles a las nuevas generaciones que el éxito en cualquier proyecto no es algo casual, sino el resultado de un buen producto y el esfuerzo sostenido de muchas personas que se comprometen de corazón con el plan inicial.

Animada por sus hijos, decidió escribir un libro donde cuenta la historia de su familia desde su origen cubano. El libro, titulado 64 años después de Fidel – Memorias de mi primer exilio, cuenta con una primera edición a la venta en Amazon.

Posteriormente, tras varias sugerencias, tuvo la idea de ampliar la obra, contando con la mentoría y revisión del periodista Alberto Donadío y el prólogo del periodista exiliado Ricardo Puentes Melo. El lanzamiento está previsto para comienzos de 2027, aunque no busca el éxito comercial ni el estrellato literario; para ella, representa una carta de amor y una advertencia acerca del comunismo y sus repercusiones sobre la democracia y las familias.

Finalizando nuestra charla, le pregunto acerca de cómo se ve a sí misma. En vez de una respuesta convencional, me mira y responde lo que ha sido una de sus prioridades: “Yo, Silvia, soy mujer de paz y armonía; vengo a sanar corazones con amor y sabiduría”.