Heroísmo Animal

Innumerables han sido los conflictos que han asolado la humanidad, bien por la sed de riquezas o por el afán de engrandecer un imperio. Muchas contiendas tuvieron como protagonistas animales que en ocasiones dieron su vida sin saber por qué, pero lo cierto es que estos seres ejemplifican el amor y lealtad incondicionales.

Leyendo recientemente un episodio de la mitología griega donde Telémaco -hijo de Ulises- fue salvado de morir ahogado gracias a los delfines, descubrí que todos los años esos bellos cetáceos salvan en el mundo a unos 1.500 náufragos y buzos.

Entonces, tuve el deseo de investigar sobre hazañas y hechos curiosos protagonizados por animales en diferentes épocas, encontrando que la cooperación de estos seres ha jugado un papel importante frente a la violencia y la muerte. 

En la Primera Guerra Mundial se menciona el caso de Cher Ami, una paloma mensajera perteneciente al cuerpo de comunicaciones del ejército de los Estados Unidos, entrenada en “colombofilia”, un término bien extraño que consiste en la cría y adiestramiento de palomas. 

Pues bien, Cher Ami llevó más de 12 mensajes de suma importancia para las tropas aliadas, siendo el más importante de todos el trasmitido en su última misión donde resultó gravemente herida, permitiendo salvar la vida de un batallón de soldados durante la batalla de Verdún (Francia), por lo cual, la pequeña ave fue condecorada con la Cruz de Guerra. Si con eso no basta, su cuerpo fue embalsamado y se exhibe en el Museo Nacional de Historia de Estados Unidos.

Pero en cuanto a heroísmo se refiere debemos admitir que la historia ha sido más generosa con los caballos. Muchos equinos han trascendido hasta hoy por estar asociados a personajes tanto insignes como polémicos, entre ellos Marengo, el corcel favorito de Napoleón Bonaparte -de quien se sabe contaba con al menos 130 ejemplares en su cuadra personal y Strategos el caballo de Aníbal, el general cartaginés que conquistó España. 

No menos importantes fueron Tormenta, el caballo que acompañó al emperador chino Genghis Khan durante la expansión del Imperio Mongol; Bucéfalo de Alejandro Magno y Othar, el compañero de Atila a quien el bárbaro dedicó la frase “donde pisa mi caballo no vuelve a crecer la hierba”.

Sin embargo, ningún otro animal ha generado tanta controversia como Incitatus, el caballo del emperador romano Calígula cuya veneración no conoció límite… le construyó una caballeriza de mármol en medio de un jardín con 18 sirvientes a su cargo y hasta llegó a casarlo con una aristócrata llamada Penélope. 

Según relata el historiador Suetonio, Calígula estuvo a punto de nombrar a Incitatus senador y cónsul, no se sabe si en un acto de locura o como una muestra de su desprecio por el Senado. La muerte le jugó una mala pasada: lo asesinaron antes de firmar el nombramiento. De amores y odios está construida la política, c’est la vie. 

Fueron protagonistas también animales cuyos nombres perduran en la historia del nuevo mundo, entre ellos Palomo, el caballo de Simón Bolívar cuyo origen esta matizado por la leyenda. En noviembre de 1814, Bolívar partió desde tierras venezolanas hacia la nueva granada para hablar ante el congreso reunido en Bogotá, montado sobre un caballo viejo y enfermo. 

Según cuenta la historia, a su paso por la población de Santa Rosa de Viterbo (Boyacá), Bolívar busca comprar una preciosa yegua torda de gran alzada a un campesino de nombre Juan, pero este se niega a cualquier negociación aduciendo que su esposa Casilda -la adivina del pueblo- había tenido un sueño en donde la yegua paría un potro blanco, que se lo regalaría a un gran guerrero. 

El 25 de julio de 1819, el libertador gana la batalla del Pantano de Vargas y ese mismo día recibe como regalo un corcel blanco llevado por el campesino Juan, quien le dice: “General, aquí le manda mi esposa Casilda este caballo, hijo de la yegua que nos quiso comprar años atrás. Usted es sin duda el guerrero que ella vio en su sueño”. 

Bolívar le dio el nombre de Palomo a su nuevo compañero participante en varias contiendas, entre ellas la batalla de Carabobo que dio la libertad a Venezuela. Palomo acompañó al prócer hasta Bolivia, donde se afirma que se lo regaló al general Andrés de Santa Cruz en 1826 y allí se pierde su rastro. 

Sin embargo, existe la creencia de que Palomo murió en diciembre de 1840 en la población de Mulató (Valle del Cauca), allí existe una lápida en donde supuestamente está enterrado. También en Mulató hay un museo que exhibe unas antiguas herraduras que se asegura, eran de Palomo. 

Durante la conquista española del litoral Caribe, se hace mención del caballo Matamoros, propiedad del capitán Rodrigo Álvarez Palomino, un subalterno del gobernador de Santa Marta, Don Rodrigo de Bastidas, a quien el militar logró salvarle la vida, llevándolo a todo galope hasta buen resguardo luego de ser acuchillado por Pedro de Villafuerte. 

Sin embargo, la suerte de Álvarez Palomino y su fel Matamoros estaba signada por la tragedia: caballo y jinete desaparecieron para siempre al tratar de cruzar las caudalosas aguas del rio que hoy lleva su nombre (Palomino), que separa los departamentos de Magdalena y Guajira. 

El doctor Diego Roselli hace un gran aporte en su libro “Historias de Cien Ciudades” cuya lectura recomiendo ampliamente, donde se relatan las desventuras de Marubare “el burro conquistador”. 

Según los cronistas fray Pedro Simón y Juan de Castellanos, Marubare siempre tuvo buena estrella, fue el único sobreviviente cuando el barco que lo traía de España encalló en el Mar Caribe y todos sus tripulantes fueron víctimas de las fechas de los feroces Tayronas. 

Meses después el animal fue liberado sano y salvo durante la toma a sangre y fuego hecha por los españoles al poblado del cacique Marubare, donde había sido llevado -de allí viene su nombre-. 

La tropa de Gonzalo Jiménez de Quesada se apoderó de él para llevarlo en la expedición hacia el interior del territorio que derivó en la fundación de Bogotá. Marubare, que sirvió de cabalgadura al capellán, sobrevivió una vez más ya que solo una cuarta parte de los 800 soldados de Quesada llegó con vida al altiplano. 

Lastimosamente, la suerte no lo acompañó en su última expedición junto a las tropas de Hernán Pérez en su fallida búsqueda de El Dorado. De acuerdo con el relato de fray Pedro Simón, los soldados sacrificaron al burro como alimento tras muchos días de penosa hambruna. 

Como se sabe, uno de los grandes retos de la conquista de los territorios americanos fue doblegar a los aguerridos indígenas en batallas sangrientas. Con este propósito, los soldados españoles utilizaron durante la colonización perros de extrema fiereza que sembraron el terror en las tribus. Los perros traídos de Europa eran de tamaño mediano o grande, de aspecto fiero y muy resistentes. 

Los primeros ejemplares llegaron en el segundo viaje de Cristóbal Coló en el año 1493, acompañando al religioso Juan Rodríguez de Fonseca, quien trajo a estas tierras 20 perros de las razas mastín y galgo. Rodríguez de Fonseca fue uno de los primeros religiosos encargados por parte de los reyes católicos para llevar la evangelización a los nuevos territorios. 

Un ejemplar de singular bravura fue Becerrillo, un alano grande de manchas de color negro y pelo rojizo perteneciente al conquistador de Puerto Rico, Juan Ponce de León y Figueroa. Tal era su fiereza que se decía que los indígenas preferían enfrentarse a diez soldados españoles, antes que al todopoderoso Becerrillo, -que según las malas lenguas recibía raciones de comida mejores que los soldados-. Se dice que murió por una fecha envenenada en 1514, pero los españoles ocultaron su fallecimiento para seguir propagando su leyenda. 

Los indígenas Chimilas, asentados en los alrededores del Mompox y la ciénaga de Zapatosa sufrieron considerables bajas por parte de Amadís, un perro de raza alano que hacia 1570 acompañó a los soldados españoles en la campaña del Rio Magdalena. 

El gigantesco mastín se hizo famoso por la saña con la que devoraba a sus víctimas. Por supuesto, los relatos se propagaban para escarnio de los demás aborígenes y no valieron las protestas del clero ante semejante crueldad. 

Conforme al avance de la conquista la guerra se recrudecía y tristemente los canes cobraron un protagonismo capital, se calcula que en la colonización de América participaron más de mil perros como apoyo, no solo en tácticas de combate sino también como correos. 

Sería injusto cerrar esta crónica animal sin transcribir los versos del poeta argentino, Belisario Roldán, inspirados en la gesta libertadora del sur del continente: Caballo criollo de galope corto, de aliento largo y de instinto fiel, caballo criollo que fue como un asta para la bandera que anduvo sobre él.